¿Estás seguro de tener claro tu propósito?

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“No existe viento favorable para quien no tiene puerto de destino” (Séneca)

Preguntarnos de vez en cuando sobre cuál es nuestro propósito fundamental es algo necesario para dar un sentido a todo lo que hacemos. Y cuando lo encontramos se rompen muchas barreras y se libera “lo que nos mueve a la acción”, es decir, “la motivación”. Además, una buena misión o propósito nos hace más adaptables ya que nos ayuda a construir molinos cuando soplan vientos de cambio.

Por el contrario, no encontrar una buena respuesta a esta pregunta nos desorienta y nos deja a merced de que otros sustituyan nuestro enfoque por el suyo (diciéndonos, por ejemplo, cuál es nuestra “misión”). En esta situación es fácil convertirse en autómatas insatisfechos que no se sienten demasiado responsables de lo que hacen. Una forma triste de andar por la vida que, sin embargo, está muy extendida.

Esto, que es válido para la vida en general, también puede serlo para el trabajo (como una parte de la misma) y hay modelos, como el de las 6 perspectivas de GTD, que animan a que identifiques tu propósito (también tu “visión”, pero eso es otra cosa…). Sin embargo, desde mi punto de vista, olvidan incidir en un detalle fundamental: es muy frecuente confundir el “para qué” con el “qué” o el “cómo”.

Seguramente habrás oido la metáfora medieval del picapedrero, según la cual un caballero pregunta a tres picapedreros qué están haciendo.
El primero contesta con cara de aburrido: “¿No ve?… aquí, picando piedra”.
El segundo, técnico consciente de la importancia de su arte, contesta: “Señor, esta piedra que estoy labrando es clave, es delicada porque va a ser parte de un muro. Por eso debe ser perfecta. Todo depende de ella”.
El tercero, contesta con aire muy satisfactorio: “Estoy ayudando a construir una catedral”

Esta metáfora refleja la forma diferente en que las personas condicionamos nuestra realidad a partir de cómo identificamos nuestro propósito.

Una persona que se dedica a limpiar quirófanos, por ejemplo, puede entender que su objetivo principal es “limpiar quirófanos”. Sin embargo, si entiende que su trabajo puede servir para salvar vidas (por el riesgo de poder coger un virus en un quirófano) va a encontrar un sentido más elevado y motivador para su trabajo.

En los tres primeros minutos de este video de TED puedes ver también un ejemplo de cómo la forma de entender un puesto influye en la perspectiva y en la motivación de una forma parecida a cómo la alimentación influye en la salud de nuestro cuerpo.

El propósito debe indicar el “para qué” de más nivel al que se dirigen todas tus actuaciones. Si lo consigues identificar será más motivador que si en su lugar pones alguna de tus actuaciones principales.

A modo de ejemplo, si entiendes tu misión o propósito (profesional) como: “Contribuir al desarrollo de mi empresa en….” = (PARA QUÉ), seguramente ésto será más motivador que entenderla como: “Cumplir en mi área el plan de gestión” = (QUÉ/ CÓMO) “… contribuyendo al desarrollo de mi empresa”.

Es cierto que hay ocasiones en que es muy difícil construir un propósito mínimamente ilusionante pero ¿Es imposible?, ¿Son imbéciles los personajes de estos ejemplo o son más inteligentes a la hora de influir en la forma en que experimentan su vida? Las palabras que usamos definen la calidad de nuestros pensamientos, experiencias y actuaciones, y a veces, un gran cambio se produce tras un pequeño cambio de perspectiva.

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