¡No quiero fracasar!

¿Qué será lo que tiene la palabra fracaso que nos asusta tanto? Fracaso, fracaso, fracaso… ¿Por qué nos dará tanto miedo que nos tilden de fracasad@s? Yo soy fracasad@, tu eres fracasad@, ell@s son fracasad@s… El fracaso es una palabra más, ¿por qué le hemos construido un altar que no es menester?

Si el fracaso llegara nuestras vidas, nosotr@s deberíamos ser l@s primer@s en comprarnos un ticket para tremenda función. Imagina que te sientas en primera fila de un teatro inmenso, hay muchas luces, hay un enorme escenario y ni que decir del telón: rojo y aterciopelado, digno de esconder misterios. De repente se apagan las luces y ves que tras abrirse el telón, sale a escena aquella temida sombra del fracaso: ¿qué harías? ¿Te comerías las uñas? ¿Saldrías corriendo? ¿Gritarías de forma desaforada? ¿Voltearías y sonreirías?


No deseamos fracasar pero muchas veces el fracaso es necesario
El fracaso muy a menudo se toma atribuciones que no le corresponden gracias a nuestros dramáticos y desesperanzadores pensamientos. No debemos asumir la vida bajo las lógicas de un juego: se pierde o se gana. ¡No! Nuestro mundo es más que eso y por ello el fracaso puede configurarse como un acierto: ¡Cuan bienaventurad@s somos cuando fracasamos en ese trabajo que no nos gusta! ¡Qué maravilloso es fracasar con aquella relación de pareja que llevamos por costumbre! ¡Cuán grato es fracasar en esos estudios que nos atormentan! ¡Qué bello es fracasar en el intento de convertirnos en quienes no somos! ¡Qué beneplácito es fracasar! ¡Qué afortunado es fracasar! ¡Qué inteligente es fracasar!


Nuestros “fracasos” dependen del lente con que los miremos
Suele suceder que nos quedamos con todo aquello que no nos hace felices pero “funciona bien”, es como aquel viejo objeto que guardamos en nuestras casas: sabemos que hay mejores, que sería relativamente “fácil” conseguir uno que sea más de nuestro agrado, pero nos quedamos con él porque aún “funciona” y “¿quién quita en un futuro nos saque de un aprieto?”. ¿Aprieto? ¿Cuál aprieto? ¿Quizá el aprieto que le has causado a tu vida por conservar aquello que ya no amas? O ¿Tal vez el aprieto que quieres ahorrarte por miedo a no alcanzar tus sueños?

El fracaso es natural en nuestras vidas, que nada ni nadie nos haga creer lo contrario, porque los sabores del alma no son sólo dulces, también los hay amargos, agridulces, ácidos, agrios, picantes… Y lo cierto es que gracias al sabor del fracaso logramos aprender y apreciar con mayor intensidad los sabores de la vida para construir senderos de humildad y respeto. Si fracasas, algo no está bien en tu corazón, sea por dificultades, costumbre, monotonía o miedos, la clave está en afrontar al fracaso para forjarnos un espíritu más fuerte y decidido.

El fracaso es como una prueba de sangre para tu alma: te dice lo que está bien y lo que está mal en tu camino y te regala un diagnostico acertado de las enfermedades que hay en tu corazón antes de que éstas terminen por matarte. Recuérdalo con amor, resulta mejor ser “felizmente facasad@” que “infelizmente ganador@”. Que el sentimiento de derrota no te desfase, porque sólo fracasas cuando dejas de amar…

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