Saber perder para poder ganar


A través de sus reflexiones y algunos ejemplos prácticos, el autor invita a ver la derrota como una “lección imperecedera y crítica”, sin la cual toda experiencia vital se convierte en un “suspenso anticipado”.

El libro propone descubrir nuestra mayor fortaleza en esta fragilidad y anima a ver la vida como algo más que una mera competición, exhibición o negociación con visos de triunfo.

Para entender mejor el concepto de la pérdida, la obra se apoya en multitud de testimonios de personas que todavía no han valorado la potencia didáctica de la derrota y otras a las que perder ya no les asusta porque se han dado cuenta de lo que perdían “cuando solo valía ganar”.

Lecciones de la pérdida, el error y el fracaso
El autor insiste en valorar cada tropiezo en su justa medida, sin ver cualquier error como un fracaso, ya que en muchas ocasiones pasamos del “‘me he equivocado’ a ‘soy un fracasado’, del acontecimiento a la etiqueta descalificante, de la circunstancia adversa a la seña de identidad”.

Algunos de los profesionales que cita el libro tienen muy claro su centro personal de operaciones, mientras que otros están “embriagados” de poder.

Entre los primeros, el libro cuenta la historia de una economista brillante a quien se le niega una promoción merecida porque, casada y con dos hijos, pidió jornada flexible para compaginar una carrera exitosa con su condición de madre.

Como consecuencia, se hace preguntas sobre su vida y relaciones que, de otro modo, nunca se habría planteado. Si compara lo que tiene con lo que pierde, el balance es muy favorable y contribuye a su determinación de rehacer su torpedeada carrera profesional en algún otro sitio.

El poder, el estatus o la fama pueden nublar nuestra mente. Como ejemplifica una cita de Steve Jobs que recoge el libro, nuestra visión probablemente sea más clara sin ellos: “No lo vi así entonces, pero resultó ser que el que me echaran de Apple fue lo mejor que jamás me pudo haber pasado. Había cambiado el peso del éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante, menos seguro de las cosas. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida”.

Vivir no es competir
Inherente al concepto de perder o ganar, está el de competir. Pero, como señala el autor, “la vida es algo más que un torneo apetecible, que una partida de cartas, que una batalla dialéctica, que una negociación enconada, que una tribuna donde exhibirse, que una confrontación con la que abrumar al contrincante”.

Para persuadir y comprometer al otro hay que escucharle. Además, la principal arma ha de ser la humildad. “Se gana visibilidad y ascendencia cuando se cede espacio a los demás. El crecimiento de uno pasa por el desarrollo de los demás”, afirma Álvarez de Mon.

Otro de los protagonistas del libro es un competidor nato, un triunfador sobre el que siempre han girado las expectativas y planes más ambiciosos, que debe reconocer que ha “perdido”. En su caso es un puesto, un sueldo, un estatus, una proyección imparable, un futuro, hasta un estilo de vida. Según el autor, solo cuando aprenda a perder se hallará a sí mismo y descubrirá su auténtica identidad.

El futuro se presenta espléndido si somos capaces de reconocer que ya no estamos en la cresta de la ola. Eso sí, siempre y cuando nuestra pérdida sea anecdótica y no recurrente, pues señalaría una debilidad estructural que habría que identificar y superar.

Sabiendo que el enemigo es uno mismo, que “vive dentro, acurrucado en los pliegues más hondos de nuestra conciencia”, el cambio pasa por modificar conductas que, a base de repetirlas con disciplina y constancia, se transforman en hábitos nuevos que desplazan y sustituyen a otros viejos y nocivos.

Fijarse en el camino, no las metas
La vida no consiste en cruzar metas impuestas y reconocidas por los demás, sino en reconocer y conquistar nuestra esencia. Por eso Álvarez de Mon afirma que aprender a perder es una prueba irremplazable. “Hasta los más listos de la clase se acaban dando cuenta. Más vale tarde que nunca”.

Otro profesional que aparece en el libro tocó fondo cuando perdió a su hijo después de una larga enfermedad. Ahora ninguna otra derrota le asusta: a él y a su mujer solo les cabe ganar, una vez han perdido lo más preciado y querido en sus vidas.

En este caso tres evidencias se manifiestan incontestables. La primera, el cambio como fenómeno consustancial al ser humano. Dos, el protagonista es ahora más libre e independiente, ya no se deja atrapar por los miedos y reservas mentales que aquejan a tantas personas. Tres, es una persona más sabia y buena a consecuencia de tan salvaje pérdida.

Para vivir con plenitud es necesario situar la pérdida en un lugar relevante. “Sin el contraste de su presencia, la ganancia pierde brillo y la sandez nos amarra a nuestro ego más caprichoso”, explica el autor. Curiosamente tenemos más posibilidades de ganar si aceptamos nuestro reverso perdedor. Sin la obligación de ganar siempre, nos sentimos interiormente más libres.

“¡Ganar, perder, quién sabe, caminar es lo que importa! Y a lo largo del trayecto, despertar, respirar, pensar, sentir, conversar, aprender, cooperar, meditar, fluir, servir, amar. Son los verbos preferidos de una buena vida”, asegura Álvarez de Mon.

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