¿Emprender o no emprender? “That is the question”


por Jose Maria Fité

Desde la Administración Pública, instituciones y alguna que otra gran empresa con fuerte identidad corporativa se está exhortando al ciudadano a que “emprenda”, a que se convierta en empresario. A mi parecer se está haciendo de una manera “naïf”, sin apelar a la responsabilidad que conlleva semejante decisión. Por otro lado, la promoción del emprendimiento sería muy positiva si respondiera al reconocimiento – por fin – de la aportación social de los empresarios (pequeños y grandes, autónomos y profesionales) como creadores de valor, de tejido económico, de trabajo y de riqueza. De promoción de la sociedad en su conjunto. Pero me temo que no es así.

Días atrás leí en la prensa el caso de una mujer de Logroño, a quien llamaré ficticiamente María Pilar, que tras perder su puesto de trabajo, carecer de oportunidades laborales en el horizonte y animada por el “¡Emprende! ¡emprende!” omnipresente, se decidió a fundar su propio negocio unos tres años atrás. Creo recordar que en el sector del transporte de paquetería o algo parecido. La crisis provocó una caída fatal de los ingresos que la obligó al cierre de la empresa.

Hasta aquí, bien: un proyecto fallido más, sin importancia. El problema estriba en que dicha mujer se animó a invertir en la compra de una nave industrial, probablemente atraída por subvenciones públicas a la inversión, y que financió parcialmente. El banco de turno, no contento con la garantía hipotecaria, exigió el aval personal de la mujer y también de su marido. Cuando vino la crisis y se desplomó el sector, María Pilar no pudo hacer frente a los pagos. El banco embargó la nave… y también su vivienda, ya que el valor de la nave por sí sola no alcanzó toda la deuda: había que pagar el principal, más los intereses, más los intereses de los intereses, las costas, etc… La familia al completo acabó desahuciada de su propia vivienda y sin sus ahorros. La lectura de esta noticia me hizo reflexionar este post.

La independencia empresarial es fantástica. Una vez se ha probado, es difícil volver a trabajar de manera dependiente. No hay ni un solo trabajo por cuenta ajena capaz de proporcionar las satisfacciones del éxito logrado desde la propia libertad, independencia e iniciativa. Excluyo de esta afirmación a las actividades estrictamente vocacionales, como son las sanitarias, las religiosas, altruistas y alguna que otra más.
El impulso o tendencia a emprender debe responder a una motivación interna, a un afán por la creatividad, gusto por la independencia y por la libertad. “Ganar dinero” es una expectativa legítima, pero no la prioridad. En cambio, “no perder dinero” sí debe ser una prioridad. Creo que se me entiende.
Todas, absolutamente todas las empresas están sometidas a un riesgo. Unas más, otras menos, pero todas – insisto: todas – operan con determinados niveles de riesgo. Es obligatorio tener en cuenta dichos riesgos. Una búsqueda en Google de “selección de inversiones” nos reportará decenas de webs, documentos, cursos y diapositivas que nos hablarán de VAN, TIR, Payback y otros conceptos financieros que nos aportan una información imprescindible del negocio. También nos permiten escenificar lo que puede pasar en el futuro si las cosas no van como esperábamos. Si María Pilar hubiera efectuado un sencillo “análisis de sensibilidad” y calculado sus resultados eventuales ante una bajada de las ventas, quizás no hubiera comenzado su aventura. O quizás hubiera cerrado mucho antes de que la situación fuera dramática, disponiendo de más tiempo para negociar con el banco y replantear su situación.
Hay otros riesgos diferentes a los económicos, que llamaré “riesgos cualitativos”, como son los jurídicos: ¿qué sentido tiene hacer una Sociedad Limitada, en la que la responsabilidad económica se restringe a los bienes de la empresa, y al mismo tiempo avalar una deuda gigantesca con los bienes personales? Si María Pilar hubiera tenido en cuenta que su aval personal de la deuda hipotecaria podía conllevar el embargo y desahucio de la vivienda familiar, posiblemente se lo hubiera pensado dos veces antes de comprar la nave; posiblemente la habría alquilado. Es muy importante que la estructura jurídica de un negocio sea coherente con los riesgos que se desean asumir, y ciertos bienes “mínimos” como la casa o el coche queden excluidos de un posible embargo.
Es obligado recelar de todo aquel que nos anime a asumir riesgos desde una posición de comodidad, desde la poltrona, desde la incoherencia entre lo que hace e induce a hacer a los demás, desde el desconocimiento y la falta de experiencia directa en aquello que preconiza con extraño ahínco. Recuerda que la moneda tiene otra cara y que, en todo caso, la decisión es compleja.
Cuando se nos deja hacer, los españoles no adolecemos de creatividad, ni de ingenio, ni de iniciativa comercial o empresarial. La historia lo demuestra, los hechos lo demuestran, nuestra sociedad y nuestra cultura lo demuestran. Bien pensado, somos todo lo contrario: ¡resulta imposible mantenernos quietos! Si no hay más emprendedores, la solución no está en animar a los ciudadanos con anuncios de televisión de “color azul”, como si fuéramos enanitos viviendo en una “nube del país del pequeño pony”. Si la Administración Pública desea que los españoles emprendamos, debería comenzar por retirar los obstáculos que nos lo impiden: mejorar o eliminar la burocracia, modificar y rebajar impuestos para nuevos negocios, adecuar y racionalizar la Seguridad Social, asegurar que la financiación es accesible para pequeños y medianos empresarios, mejorar la gestión del IVA para el pequeño empresario y el autónomo, etc… Si la Administración Pública desea que los ciudadanos arriesguen sus ahorros y su proyecto de vida para aportar valor a la sociedad, también debe permitirle participar de manera efectiva en la gestión pública, solucionar la corrupción política, y hacer cumplir la ley, erradicar el fraude fiscal, el mamoneo y el enchufismo y, en suma, hacer funcionar razonablemente el sector público. O, por lo menos, que no sea limitante. No basta con anuncios de televisión de “color azul”. No es serio.
Autor Jose Maria Fité

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